LA MÚSICA EN LA MISIÓN DE SANTA MARÍA
Joseph Mansfield

Una parroquia con un párroco bien informado,  un buen órgano de tubos, un director de música instruido, un coro bien educado y mucho dinero puede, si quiere, disfrutar de un excelente programa musical.

Pero ¿qué de la parroquia pequeña, la parroquia pobre, la misión, con pocas personas educadas en música, y pocos dólares para gastar?  ¿Qué clase de programa musical puede tener?  ¿Debe aceptar “Eagle’s wings”[1] y un Gloria parafraseado con acompañamiento de guitarras mal tocadas?  ¿O puede esperar algo mejor?  Pues, en Estados Unidos, por lo menos, hay muchas más parroquias y misiones de esta descripción que de aquella.

Aquí deseo contar la historia del programa de música que dirigí en Santa María, una misión rural en el desierto suroeste de Estados Unidos.

*     *     *

La misión de Santa María sirve a una comunidad agrícola rural y tiene cerca de sesenta familias activas.  Su cura, el padre Raúl, está encargado de dos parroquias así como de la misión, y reside a una hora de ésta.  La misión tiene una misa al mediodía del domingo y la adoración y una misa el jueves por la tarde.  Un sacerdote jubilado, amigo del cura, le ayuda generalmente en semana santa, haciendo posible por lo menos parte de las liturgias de jueves santo y viernes santo.  Como la comunidad de Santa María incluye a muchos hispanohablantes, algunos de los cuales no hablan ningún inglés, la liturgia dominical incluye generalmente el uso del español para una lectura, la plegaria eucarística, y quizás un himno.

Ciertas circunstancias me condujeron a esta área en el 2000.  Buscaba una parroquia litúrgicamente tolerable, pero a principios del 2001 no había hallado nada todavía.  En mayo de ese año me tocó conocer a algunos vecinos que, según descubrí in la primera plática, eran lectores del Wanderer.[2]  Eso rápidamente nos llevó a una discusión de estándares de liturgia y a su recomendación de que fuera a Santa María, un lugar en el que no me había fijado hasta entonces.

Visité Santa María y me causó muy buena impresión el cura joven con su manera reverente de celebración.  En cuanto a un programa de música, no había ninguno.  El cura había persuadido a dos o tres coros de sus dos parroquias para alternarse en ir a Santa María a cantar en la misa del domingo.  Pero no había ningún grupo de la misión misma.

Ya había mencionado a mis nuevos amigos que tenía un poco de experiencia en música litúrgica y que quizás respondería favorablemente a una invitación a crear un programa en Santa María. Ellos deben haber pasado mis observaciones al padre Raúl, porque en menos de un par de semanas él se me acercó para discutir esa misma idea.

Tomé la discusión como una oportunidad para perfilar lo que el padre Raúl pudiera esperar de mí si él me ofreciera un puesto.  Dije específicamente:

    1. Que mi meta sería cantar la misa, más bien que cantar canciones en la misa.[3]

    2.
    Que haría uso extenso del latín, pero que también continuaría el uso tanto del español como del inglés.

También dejé claro que no tenía credenciales o educación formal en música, ya que el total de mi entrenamiento consistía en dos años de lecciones de piano y en dos veranos de lecciones de órgano cuando estaba en el colegio.

El padre Raúl aceptó mis términos y yo acepté el puesto.  En la misa del domingo siguiente él anunció que debía formarse un coro local.  Diez personas se acercaron, tres señores y siete señoras.  Una de las damas podía leer música y resultó ser una chantre bastante buena.  Dos de las personas eran desentonadas.  El resto estaba en medio.

Nuestros recursos instrumentales incluían un piano desafinado y un teclado electrónico.  Después de algunos meses la misericordia del cielo nos concedió un órgano, modelo Baldwin C630T, que había estado en una de las parroquias del padre Raúl y no se usaba.  La consola cumplía con el estándar AGO[4] y la especificación incluía mutaciones adecuadas (para un órgano eléctrico viejo) y registros de lengüeta pero no tenía mezclas.  En efecto varios conjuntos de registros sonaban asombrosamente como un órgano Möller con su calidad de voz típica de los años veinte.

Para oficina y espacio de práctica se nos asignó un cuarto sofocante como de tres por tres metros, con un escritorio y un archivo.  En la misa, la inflexibilidad de la iglesia requería que nos sentáramos en la parte delantera, al lado del sur (litúrgico) del altar.  Aproximadamente un año después el cielo nos sonrió otra vez.  Al remodelarse el edificio (que no había sido construído como iglesia católica), adquirimos un nuevo y espacioso cuarto para el coro, separado de la parte posterior de la nave por un tabique que resbalaba: un arreglo maravilloso conveniente.[5]

Para la fundación de nuestro programa recurrí al documento Sacrosanctum Concilium (1963), interpretado bajo la luz de Musicam sacram (1967) y De musica (1958), con la intención de convertir estos documentos en la fuerza motriz de nuestro programa, hasta el limite de nuestra capacidad.  Estudié los documentos musicales de los obispos americanos y no encontré nada que pareciera útil para nuestra situación.

Como estándar para la selección de música insistí en que todo lo que utilizáramos se caracterizara por la dignidad, la belleza y la reverencia.

El enunciar un estándar de rendimiento era más difícil porque nuestras capacidades, tanto las mías como las de los cantantes, eran limitadas.  Encontré consolación en el dicho de Chesterton que si vale la pena hacer algo, vale la pena hacerlo mal.  Pensaba que un programa realizado en conformidad con la visión del Vaticano II, en la medida de nuestras posibilidades, aunque no pudiéramos alcanzar excelencia en la actuación, sería mejor que un programa contrario a esa visión, aún si era realizado con excelencia.  El único estándar para nosotros debía ser trabajar duro y hacer lo mejor posible.  En espíritu humilde tomamos como lema, “Haz un ruido alegre para el Señor”.[6]

Iniciamos un programa de práctica semanal a principios de julio del 2001.  Las horas de práctica incluían una cierta instrucción en los documentos que eran nuestra fundación.  A principios de septiembre cantamos nuestra primera misa.

*     *     *

Deseaba que nuestra primera palabra cantada fuera latina.  Con este propósito enseñé al coro a cantar la antífona Introibo ad altare Dei: ad Deum, qui lætificat juventutem meam utilizando una melodía simple que escribí, no muy lejana del canto anglicano.  Entre las repeticiones de la antífona un chantre cantó el Salmo 42 con monotonía, dos versículos a la vez.  Utilizamos este salmo como entrada durante las primeras semanas.

Heredamos la práctica de cantar cuatro himnos métricos junto con varias partes del ordinario (Kyrie, Gloria, Sanctus, Agnus, y la aclamación memorial).  Además de usar el Salmo 42, continuamos inicialmente cantando estos elementos.

Casi toda la música que utilizamos provenía de tres fuentes:

            1) Flor y canto, el himnario español de Oregon Catholic Press, primera edición.

            2) El Hymnal 1940 de la Episcopal Church (USA).

            3) El Adoremus hymnal de Ignatius Press.

Tomamos el ordinario de la misa de Flor y canto y seleccioné la música que me parecía más digna y noble para los movimientos cantados, teniendo en mente los límites de nuestra habilidad.

Elegí los himnos métricos de las tres fuentes principales, la mayoría del Hymnal 1940.  Me hubiera gustado cantar himnos apropiados a las oraciones y lecturas de cada domingo, pero sin índice litúrgico la tarea hubiera requerido mucho más tiempo (y paciencia) del que tenía.  Como alternativo para el tiempo ordinario, utilicé una de esas listas de temas devocionales mensuales publicadas de vez en cuando (por ejemplo, julio, mes de la Sangre Preciosa; octubre, mes del Santo Rosario, etc.) y seleccioné himnos apropiados para estos temas.  Pero el himno para el tiempo de la comunión siempre fue un himno eucarístico.  Por regla general, si un himno fue compuesto en latín, lo cantamos en latín.[7]

Cuando llegó adviento, añadimos a nuestro programa el cantar de salmos responsoriales y versículos aleluya.   Utilizamos ambos Respond and acclaim y Responde y aclama, editados por Oregon Catholic.  El coro completo cantaba la antífona y la chantre cantaba los versículos.  Cantamos la versión española cuando era posible; es decir cuando la música del responsorial no era demasiado difícil para aprenderla en el tiempo disponible.  En otras ocasiones cantamos los responsoriales en inglés, porque siempre tenían música fácil.

Asimismo, en adviento y otras temporadas propias, utilizamos himnos métricos apropiados para el día o la temporada.

Durante un año cantamos el ordinario en español todo el tiempo.  Cantamos dos composiciones musicales del Gloria y sólo una de los otros movimientos.  Lamentamos tener que utilizar un Gloria parafraseado.  Nuestra biblioteca en español no incluía un Gloria literalmente traducido y yo no permitía la mezcla de idiomas en el ordinario.  Estas limitaciones no nos dejaron nada salvo versiones parafraseadas. 

En nuestro segundo año durante adviento pasamos a una composición simple en inglés para el ordinario.  Asimismo, durante cuaresma pasamos al latín, tomando selecciones de las misas XVI y XVIII del Kyriale.  También durante cuaresma, por sugerencia del cura, dejamos de cantar el salmo responsorial y la aclamación antes del evangelio, dejando que los lectores los leyeran.  Cuando volvimos a cantarlos en la temporada de pascua parecían haber recobrado su frescura original.

Con la excepción del ordinario en latín durante cuaresma, la procesión del domingo de ramos, la parte de la liturgia del jueves santo después del Gloria, y la liturgia del viernes santo, cantamos todo con acompañamiento del órgano.  En realidad no teníamos la habilidad para prescindir del instrumento.

Respetando los derechos de autor de las composiciones que no estaban en el dominio publico, organicé carpetas de anillas para el coro, cada una de las cuales contenía toda la música para un día, un mes, o una temporada, en el orden en que iba a ser cantada.  El hacer copias y actualizar las carpetas representó una labor considerable que recayó sobre mí, pues no tenía a nadie con la capacidad y la voluntad de actuar como bibliotecario. La alternativa era que cada cantante manejara una cierta cantidad de libros y de hojas.  Mis esfuerzos dieron resultado, pues ningún cantante perdió su lugar nunca durante la misa.

También imprimí copias para la congregación, cada una de las cuales contenía la música que debía ser cantada durante un mes o una temporada o un día en el orden apropiado.  Las hojas contenían traducciones de textos latinos, explicaciones de temas de devoción mensuales y comentarios ocasionales sobre temas litúrgicos, la procedencia de ciertos himnos, etc.  No insistimos que cantaran.  Cada uno podía elegir su modo de participación activa.[8]

Exactamente dos años después de mi llegada a Santa María ciertas circunstancias me llevaron a alejarme del área y a terminar mi trabajo en la misión.

Cuando me fui había estado enseñando al coro a cantar la pequeña oración, “Oremus pro pontifice.... Dominus conservet eum....”  Planeaba intentar este ruego en lugar del himno final en la mayoría de los domingos, pues ni el propio ni el ordinario proporciona nada para cubrir la salida de los ministros ni para dar a los fieles un sentido (musical) de la conclusión.

También acababa de explorar lo que existía para cantar la propia entrada, el ofertorio y la comunión, preferiblemente en latín.   Había planeado obtener el ­Graduale simplex (que no había y todavía no he visto) para ver si era bastante simplex para que nosotros pudiéramos cantarlo.  Si no era posible, o como alternativa ocasional, tenía en mente componer melodías sencillas para estas propias así como había hecho al empezar con el Salmo 42.

Para el futuro mis planes incluían enseñar al cura (que deseaba aprender) a cantar el evangelio y el prefacio del Sanctus y enseñarles a él y a los fieles a cantar los diálogos que los preceden, así como otros elementos de la liturgia.

*     *     *

El problema más duro que confronté al poner en marcha el programa fue la resistencia de los fieles, algunos de los fieles, algunos sin pelos en la lengua, quienes francamente preferían “Eagles’ wings”, “Hosea”,[9] rock suave del evangelio, y otras sustancias tóxicas en vez de la carne saludable del órgano, el canto gregoriano y los textos teológica y litúrgicamente sanos.  Estos fieles sufrían dolorosas penas de carencia cuando les quitaban sus drogas de repente.

La ventaja más grande que tenía, el sine qua non de nuestro programa, era el cura, quien, cuando se encontraba sitiado por fuerzas contrarias, tendía a favorecer la actualización musical y litúrgica del Concilio y me daba completa libertad para llevar a cabo la musical.

Como director de música, me reservé todas las decisiones musicales.  Siempre escuché las opiniones de los demás y algunas veces las acepté.[10]  Pero la decisión final fue siempre mía. Sin esta autoridad, el programa habría fracasada.  El programa no podría haber sobrevivido una democracia plebiscitaria ni en el coro ni en la congregación.

*     *     *

El jueves santo del 2003 nuestra liturgia fue celebrada por el amigo del padre Raúl, que en su juventud había celebrado la misa tridentina.  En la procesión al altar de reposo cantamos el Pange lingua en el tono gregoriano usual, pero en inglés, pues los cantantes tenían dificultad con el latín.  Cuando nuestro celebrante puso el sacramento en el altar comenzamos el Tantum ergo en latín, con la melodía familiar “Santo Tomás”.  Toda la gente sabía cantarlo, pues el cura lo había usado desde hacía varios años en el servicio de adoración los jueves y todos lo cantaron.  Nuestro piadoso celebrante cayó de rodillas y lloró durante todo el himno e incluso unos momentos después.

Si el gozo en su cara hubiera sido mi único premio por dos años de tribulaciones, para mí habría sido suficiente.




[1] Un canto en inglés, popular pero que no es digno del templo.

[2] El Wanderer es un periódico semanal católico y conservador de Estados Unidos.

[3] Por no tener mucho acceso a recursos escolares en esa época, no sabía que por un accidente feliz había usado casi las mismas palabras del Papa San Pío X.

[4] American Guild of Organists (sindicato americano de organistas).

[5] La construcción gramatical es de Shakespeare, A midsummer night’s dream, 3, 1, “Here’s a marvellous convenient place for our rehearsal.”

[6] Traducción literal de la versión inglesa “King James” del Salmo 99: “Make a joyful noise unto the Lord.”

[7] De paso digo que la mayoría de mis cantantes hablaban el español y por lo tanto tenían poca dificultad con la pronunciación del latín.

[8] En armonía con De musica, entendí participatio actuosa como algo principalmente interior, que se podía cumplir tanto escuchando la música como la lectura o la homilía.

[9] Otro canto en inglés indigno del templo.

[10] En el segundo año, llegué al punto de permitirle a la gente ingerir “Hosea” y algunos otros venenos en cuaresma.  Raciociné que (1) algunos estaban dispuestos a sufrir convulsiones si no recibían su dosis de droga y (2) como era cuaresma era el momento oportuno para que yo sufriera y ofreciera mis penas al Señor.

© 2004 Joseph Mansfield

Este ensayo se publicó en inglés en Sacred music, vol.132 no.2 (summer 2005). Sacred music es la revista de la Church Music Association of America, una organización de músicos católicos norteamericanos. La versión publicada está aquí

El autor quiere agradecerle su ayuda a la doctora Lilvia Soto en la traducción de este ensayo. 

Este ensayo está disponible en el web a http://grandboy.net/music_es.htm o en inglés a http://grandboy.net/music_en.htm

La versión publicada de este ensayo llevó esta nota biográfica: Joseph Mansfield es un organista aficionado, que tocó su primero servicio en una iglesia bautista cuando tenía 14 años.  Sirvió varias parroquias durante 27 años como anglicano “alto” y se unió con la iglesia católica en 1989.  Él tomó los grados B.A. y M.Ed. en sicología, y a pesar de eso hizo su carrera en programación de computadoras.  En 2003 se jubiló en un pequeño pueblo de México.

 

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